Política: ¿razón o sentimiento?

Sin dudas los sentimientos, las emociones definen a  las personas como tal, a la vez que son la principal fuente de movilización social; como sostuvo Gandhi la fuerza no proviene de la capacidad física sino de la voluntad indomable.

La política no es ajena a esta realidad, la pasión, y  la sensibilización, son claves en la construcción de la vocación política, en la entrega incondicional al  servicio público. Apostar a la transformación social implica no solo grandes ideas, y  dedicación física sino además una entrega interior: militar, servir, actuar con el corazón.  Solo así nos encontramos con la más  íntima convicción, aquella que nos permite seguir luchando hasta el final, sin bajar los brazos, por el simple hecho de que si perdemos nos alejamos de nuestro camino, aquel que descubrimos en nuestro interior.

Sin embargo  actuar en el campo político a partir de las emociones puede  ser un gran peligro. Los sentimientos pueden operar como un arma de doble filo que mientras nos motivan y movilizan nos van cegando, reduciendo nuestra capacidad de ver más allá de nosotros mismos, desembocando muchas veces en efervescentes nacionalismos a los cuales la historia mundial muy bien conoce, como así también los crímenes que en su nombre se llegan a cometer.

Por ello creemos que es fundamental nunca perder la capacidad de racionalización, de negociación, de poder desarrollar un pensamiento estratégico que contemple elementos objetivos que están por afuera de nuestra subjetividad. Pensamos que es un desafío para quien quiere contribuir al servicio público en Latinoamérica aprehender esta capacidad cual es la de poder visibilizar el destino de un país, el abordaje de una problemática,  a partir del pensamiento guiado por la razón, y no solo por el impulso de nuestros sentimientos; lo cual en el marco de una cultura de alto contexto emotivo y simbólico suele ser una gran dificultad.

Sostenemos que en el marco de una sociedad global, donde los procesos de integración regional se presentan como una de las principales herramientas para el desarrollo latinoamericano, es necesario dejar de lado los nacionalismos y definir nuestro destino a partir de una política lógica objetiva, pero sin perder de vista los principios, los valores, sin caer en el pecado de la política sin humanidad; lo cual implica corazón, también razón y por sobre todas las cosas solidaridad.